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Edición Nº 92  |   Tendencias > Ambiente
> Iván Daiber, Libertad creativa

Detrás de su caminar pausado y rostro afable, Iván Daiber esconde a un creador gigante que busca en el arte un espacio lúdico, donde el humor y la ironía se entremezclan y dan vida a sus cuadros y esculturas.

 

Su primera exposición, a comienzos de los ochenta, coincidió con la presentación de su proyecto de título de arquitecto. Antes de eso estudió Biología, producto de su interés en la fauna marina, que hoy rescata en sus obras, al igual que el cuerpo femenino. “Eso viene de mi interés por la biología”, señala con una semisonrisa, dejando un asomo de duda en quien no lo conoce mucho. Nunca se sabe cuándo habla en serio y cuándo, en broma.

A pesar de que gran parte de los elementos que utiliza en sus esculturas y cuadros son rescatados de la cotidianeidad, como trozos de madera o cucharas de palos, asegura que nunca ha improvisado con su arte. “No se trata de que a partir de un trozo de un árbol yo me inspire, no me habla la madera, al contrario, ninguno de los elementos que uso son azarosos”.

Y es que la profesión de arquitecto ha incidido en  su trabajo creativo, dice. “La formación de arquitecto influye directamente, cada vez lo tengo más claro. Tiene que ver con la manera de hacer las cosas, de proyectarlas. Las medidas, las proporciones, la plantilla. Mis obras son el resultado de un proceso”, asegura.

A Daiber no le gusta que lo encasillen con una tendencia o estilo: “Hago mis trabajos por placer personal y como un juego donde soy completamente libre para hacer lo que quiero. No tengo una línea a como dé lugar, que pasa con muchos artistas”.

Argentina, Canadá, España y Estados Unidos han recibido a este ´pintor y escultor, logrando un reconocimiento que lo eleva a la categoría de artista consagrado. Por eso no es sorpresa que haya obtenido  el Primer Premio en el Concurso de Escultura Parque Arauco (1991), Primer Premio Concurso Murales, Asociación de Seguridad-Ovalle (1992) y el Primer Premio de Escultura en Concurso organizado por el MOP (1996). También ganó el FONDART en dos ocasiones durante la década de los noventa.

Pero ninguno de estos reconocimientos mina la sencillez y simpatía de Iván Daiber, quien es dueño de un sentido del humor sutil pero constante, con una cuota de ironía que se manifiesta en cada uno de sus cuadros y esculturas. Ejemplo de ello es una anécdota que cuenta con un dejo de placer y que define el objeto de sus trabajos: “En Argentina hice una exposición que duró bastante y estando allá un arquitecto, que llevaba ya como cuatro esposas, me compró un sillón de vidrio iluminado, que tenía una escultura de una mujer en madera. Y los hijos estaban muy conformes, le decían que por fin se había comprado una mujer que no le iba a decir nada”.

 

Arte y Cocina: inseparables

Su primera exposición la hizo después de una hepatitis, cuando estaba haciendo el proyecto de título. “Durante ese periodo pasé mucho hambre; entonces hice un cuaderno con recetas de sopas, que eran las cosas que yo podía comer, y después de eso hice mi primera exposición que se llamó ‘Ajos y Culinografía’ y en ella habían mujeres que tenían unas cuentas de ajo pintadas y también unos comensales con grandes mostachos comiendo”.

Desde entonces los elementos culinarios y la cocina han estado presentes en la vida y en el arte de Iván Daiber. Reflejo de ello es la presencia de huevos, tenedores, cucharas de palo  e incluso filosas puntas de cuchillos en su última exposición “El Sartén por el Mango”, en el Instituto Cultural de Las Condes.

“Lo que me gusta transmitir es una especie de juego, un placer sensorial y a veces también displacer. Lo que no me gusta es que una persona mire mi trabajo y no sienta nada.  Si no siente nada significa que estoy mal o la persona no está bien, o de frentón los dos estamos mal”.. n

 





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